UN CRIMEN INVISIBILIZADO, FEMINIZADO Y SEXUALIZADO.

Por: Heidi Abuchaibe 


 

El 30 de julio fue declarado como el día internacional de la lucha contra la trata de personas. Hija legítima de la esclavitud ha perpetuado la inhumanidad que representa la cosificación del ser humano para servir al provecho y beneficios de otro (s) de su misma especie.

Si bien su existencia es milenaria, la versión moderna de la esclavitud responde a los efectos de la globalización y un mundo cada vez más intercomunicado. Quizás esto es lo que ha llevado a tanta confusión en su manejo, prevención y lucha. Pese a  la gran visibilidad que en medios se le logra dar al tema, en la práctica los resultados a nivel global son ínfimos frente a su impacto. Los principales errores: la errada ubicación del fenómeno y su feminización.

Es normal oír aún  referirse a el como “trata de blancas”. Expresión discriminatoria y feminizada que evoca las circunstancias y épocas en que la trata de negros era legal. Este tipo de expresiones también desconoce la esencia misma de la trata, que consiste en despojar a una persona de su libertad y capacidad de discernir con fin de explotación. Lo que persigue entonces el delito es la acción de trasportar, comercializar y cosificar al ser humano independientemente de que el provecho ilícito se consume.

Pese a lo anterior, en Colombia como en muchos países del mundo se busca el delito en la explotación misma,  cuando no solo se ha consolidado el delito sino también el fin. Allí donde la labor de prevención es en vano. Allí donde el daño en la victima es irreparable. Es común ver las acciones de nuestras autoridades dirigidas con un gran énfasis en la prostitución y el proxenetismo. Incluso se confunde de forma habitual los límites entre el tráfico de migrantes y la trata, presumiéndose en muchos casos que el uno lleva a otro. No quiero minimizar el impacto que el fin de explotación sexual tiene en la trata, sino enfatizar en la necesidad de prevención de un delito sin que se haya llegado a la explotación.

En este sentido, no importa cuanta publicidad se genere para supuestamente visibilizar un flagelo si este no nos lleva a prevenir efectivamente el daño en la victima. Su lucha seguirá siendo inefectiva mientras se siga manejando  como un asunto de Derechos humanos y no de crimen organizado. Mientras se siga buscando en los prostíbulos y no en los puertos.  Si se sigue viendo como el medio para la explotación sexual y no para el tráfico de órganos,  la explotación laboral o inclusive para el conflicto. Mientras su lucha se mantenga en manos de la cooperación internacional y entes gubernamentales y no en la autoridad policial. La coordinación interinstitucional es esencial pero para la liderar la prevención y lucha debe tomar un papel protagónico los entes investigativos y obedecer a una estrategia de política criminal.

Hoy las cifras no son fiables y el tratamiento en los procesos es muchas veces errático. La gravedad del crimen, requiere no solo de visibilidad sinó de prevención. Es lo que nos permitirá des feminizar el flagelo y tratarlo como lo que es, un crimen de lesa humanidad.